Encarado como un acto de búsqueda que evoluciona a través de sucesivas auscultaciones, hesitaciones y afirmaciones, el dibujo se asienta en la curiosidad y en la voluntad de aprehender. Dibujar es tantear con la mirada, con el pensamiento y con la intuición, en una sincronía que evoluciona con voluntad propia. Es buscar, ensayar, estudiar y entender aquello que contemplamos en el exterior, pero es también un acto de encuentro con lo que nos contempla internamente.
En una superposición de existencias, el dibujo conoce y reconoce el mundo: lo que en él vemos y ocultamos, y quién lo escudriña, nombra y formaliza. Su carácter de pensamiento en acción o de registro en movimiento permite entender aquello que se señala, comprendiendo a la vez a quien dibuja. En una acción que puede provenir de la misma entidad o referirse a varios intervinientes, quien dibuja busca, registra y se pondera (en) un sistema rizomático en el que la manifestación y el conocimiento no son lineales. Quizás por eso la elasticidad del dibujo habita en la raíz del pensamiento creativo y allí encuentra diversas expresiones. De las artes visuales a la música, de la danza a la arquitectura, o de la performance a la poesía, el dibujo indaga, cuestiona, propone y explica, operando como una escritura que surge de dentro hacia fuera, con un alfabeto propio en continua mutación.

