Criar un palomo campeón supone prestigio y ganancias. Pintado con combinaciones de colores primarios, igual que una bandera o un equipo de fútbol, el palomo seleccionado, criado y entrenado para aparearse se convierte en una proyección del palomista, que encarnará ante la comunidad su éxito o fracaso deportivo, económico y sexual. Lejos de sus miserias cotidianas, el colombaire tiene en el universo colombófilo una vida paralela donde puede llegar a lo más alto. Sólo hace falta tener un ave ganadora. El palomista se queda en tierra pero su proyección puede volar.
Este trabajo propone un estudio del juego como acto simbólico, como proyección y forma de relacionarnos con el mundo. Un grupo de hombres corriendo por el campo tras sus palomos observando su apareamiento, discutiendo las reglas y los arbitrajes, acto que remite a la documentación etnográfica de ritos de tribus remotas o al grupo de niños que inventan el juego mientras descubren el mundo.


