Las formas de vida humanas extranjeras que se imprimen, en plena evolución cotidiana, sobre la retina de un sujeto, propagando su realidad física por medio de marcas infecciosas, constituyen un fenómeno común cuyas ocurrencias sucesivas marcan en gran medida el ritmo de nuestras vidas. Esto invita a cuestionar los límites de lo tangible y también del yo, despierta el instinto de supervivencia y subraya la importancia crucial de la comunicación directa.
« THE BODY, PAINTING I SEEN THERE » sustituye traviesamente la retina por película Super 8 mm durante un instante en el que congeló representaciones corporales en el tiempo. La información de skaters interactuando con y dentro de un entorno por lo demás vivo queda ahora enmarcada sobre un soporte cuya estabilidad es incierta tras sucesivas alteraciones físicas, derivadas tanto de su recaptura repetida como de su gestación en el limbo de la forma negativa, que tiñe las imágenes con su propio matiz histórico, y ahora traducida al papel.
La desconexión de un contexto firmemente establecido transmite la idea de que todas las historias no son más que acontecimientos surgidos de una infinidad de posibilidades, todos los relatos son extractos de un océano de ejemplos y que, por muy convincentes y fiables que puedan parecer las huellas perecederas, los relatos pueden seguir recontándose mientras el libro de cada uno permanezca abierto a la sugerencia.
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