Daniela nos invita en este viaje propio e íntimo, nos lo comparte y lo hace nuestro. Suave nos dice que resignificar lo champurria
«es exhibir aquellas costuras, los filamentos en desorden, sin vergüenza de la impureza como autodenominación, para así desactivar la ofensa. Por tanto, esa torcedura aparece en quienes han tomado el insulto como herramienta para dislocar la idea de pureza, para elevar el puente entre ríos» (p. 52).
Aquel puente, al que se refiere Daniela, deviene una voluntad de generar comunidad. Pues, como ella tan sabiamente plantea «aquello que a menudo creemos que es personal, no sólo es político, sino también colectivo» (p. 81).
A lo largo de Sutura de las aguas, se piensa críticamente no solo lo champurria, sino que se le da también una estética –entre tanta posibles–, donde se construye un espacio que da lugar a la experimentación textual, rítmica e imaginativa. Un territorio donde la autora reflexiona sobre su lugar champurria con la intención de «entender lo champurria no como una identidad, sino como un proceso transformador, un trayecto intersticial con potencial emancipador. Una apuesta imaginativa, una conciencia política» (p. 103).



